sábado, 21 de enero de 2012

La Rueda de la Fortuna



Agazapada en el centro de la esfera como una esfinge impasible,
frente a mí el hombre debe interrogarse a sí mismo, ver la muerte
y la promesa de una ida eterna, entrar en los reinos que derivan,
continuar la ascención, hacer más lenta la caída, retornar al origen
aportando la experiencia ganada en el camino.
Cierre de una etapa, purificación de las entrañas,
certitud de un nuevo ciclo, vidas sucesivas,
delimitación de un universo blando, espiral que conduce al ser a su morada.

En el enjambre de astros que giran alrededor de un grito,
son flores fósiles de los budas que muestran el camino,
un río de lava las montañas que parecen sostener el cielo,
la suerte y la desgracia ruedan sumidas en el mismo dado.
En tanto que los cuerpos se hacen blancos y hechan alas,
las palabras se condenan para llover como puñales.

Ruleta de casino sin número premiado, ofrezco la clemencia donde el azar es verdugo.
Subiendo por el lomo de un animal que muerde su cola,
mientras bajo por raíces que son ramas,
piel vacía entre catástrofe y germen, de la materia al alma,
del alma a la materia, mi razón navega abrazada a la locura.

Aunque el mundo tenga la execrable consistencia de los espejismos,
aunque nada parezca ser idéntico a su forma, aunque ningún equilibrio resulte asegurado,
aunque la vida dependa de un capricho inclemente, 
para obtener el don prometido busca la manivela que me hace girar.

Si unes tus manos al fondo de la rueda, ellas derramarán el fuego serpentino
capaz de rasgar el velo, para que en el impensable mar se sombras
descubras el paraíso de la totalidad interna:
una serie de vórtices a manera de flores,
gimiendo de éxtasis en la superficie de tu doble.

La razón estrangulada por la luna se convierte en un peligro mortal
al excluirte del destino colectivo: no hay ningún dios más allá de ti mismo.
De féretro en féretro, de cuna en cuna, sueño sin sueños, 
cesa de pensar que mis giros son un castigo.
Acepta los fracasos, reconsidera y utiliza lo adquirido,
reposa sobre las aguas primordiales, déjate borrar por la niebla,
no pidas que te amen, tú eres el amor; no pidas que te vean,
tú eres la visión; ahí donde no están tus sentidos ni tus ideas ni tus deseos,
estás tú; eres el parto continuo que no es real,
la muerte y el nacimiento son cambios aparentes.
Tú eres el que cae y tú eres el que danza,
ni arriba ni abajo ni en el centro
eres el canto de la ilusión. Todo rechazo es una oportunidad, todo fracaso un cambio de camino,
todo al final una fiesta...
En el momento del regreso la memoria arde con alegría
de un fuego de artificio. No sólo el mundo va cambiando si no también el ojo que lo mira.
Si un dios me ha lanzado a rodar,
quizás ahora llora implorando que me detenga. 


Alejandro Jodorowsky
Yo, el Tarot



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