viernes, 18 de diciembre de 2009

Black


El negro es el principio de todo, el punto cero, la silueta. Primero viene el continente y después el contenido. Sin sus sombras, su relieve y su ayuda, sería como si los demás colores no existieran. Al mismo tiempo, el negro es la suma de todos los colores. Es voluble, cambiante, nunca es igual. Existe una gran variedad de tonos negros: el negro suave de las transparencias, el negro apagado y triste de los crespones de luto, el negro noble e intenso del terciopelo, el negro riquísimo del tafetán o la fuerza de la seda (faya), el negro resbaladizo del satén, el negro alegre y oficial del charol… El negro hace que la lana parezca carbón, da al algodón un aire rústico y confiere a los nuevos tejidos un toque travieso.


La nieve me resulta algo ajeno, no me gusta la leche y las novias de mis desfiles siempre llevan trajes multicolor. Sólo tolero el blanco en las deslumbrantes casas encaladas de los países mediterráneos. Me hipnotizan los tonos rojos y dorados. Se dice que éstos, junto al negro, son los colores de la locura. No en vano el director Ingmar Bergman filmó un piso totalmente pintado de rojo en Gritos y susurros. Hay que decir que el negro es el auténtico pilar del sur, una presencia tranquilizadora, algo visible: ya he hablado de los sutiles matices que puede darse al negro, como en los cuadros de Franz Hals o Velázquez, de los hábitos de las monjas arlesianas de mi infancia, a las que el sol arrancaba destellos diversos. Incluso me atrevería a afirmar que el negro tiene un aroma propio que los otros colores hacen desaparecer bajo el sol. Se puede decir lo mismo del negro de los toros, que tantos adjetivos poéticos arranca a la entusiasmada aficíon. Al contrario que el blanco, el negro puede “penetrarse”, tiene espesor, es voluptuoso, una pequeña mancha negra puede contener todo un mundo. Es casi imposible resistirse al guache que sale de un tubo, a la pintura acrílica color negro oscuro que resbala por el bote, a la tinta china que mancha el frasco o al negro en cualquier otro lugar. Vienen ganas de tocarlo, de extenderlo con grandes pinceladas o incluso con las manos. El negro es, al mismo tiempo, materia y color, luz y sombra, cuyo elogio definitivo cantó Barthes. El negro no es ni alegre ni triste. Es atractivo y elegante, perfecto e indispensable. Es tan difícil resistirse a él como a la noche. Los niños no deberían temerle, ya que, aunque su misterio puede provocar miedo, el mismo desvela sus secretos.

Christian Lacroix
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