miércoles, 22 de septiembre de 2010

Justine

   A la hora dicha el teléfono suena. Él descuelga y la vocesita pregunta:


- Me escuchas?
- Te escucho -  responde el hombre.
- Bueno, tengo 11 años, me llamo Justine, soy una chica. Estoy sola en mi casa. 
   No tengo hermana, pero tengo dos hermanos grandes, un gato y muñecas. Mi papá se fué, mi mamá me dijo que está enfermo, actualmente está en una clínica para drogadictos. Lo están curando para que no siga consumiendo drogas, porque él consumía mucho y se notaba siempre, inclusive cuando venía a recogerme al colegio, yo me escondía para que no me vieran con él,  tenía verguenza. Tenía la impresión de que dormía todo el tiempo, hasta cuando caminaba.
   Mi mamá trabaja todas las noches, no la veo nunca porque durante el día ella duerme.
   Es bailarina, mi mamá, baila para los hombres sentados frente a ella, la quieren mucho porque le aplauden siempre; ella me ha dicho éso.
  Pero yo estoy sola en la noche y me aburro, me aburro y me aburro...

   En éste momento, la niña  deja de hablar, ella había contado todo de corrido, rápidamente, sin emoción, casi como si recitara un poema frente a su maestra del colégio.
   El hombre había escuchado todo en silencio.
   Hubo durante un momento este lindo silencio, cada uno de ellos escuchaba del otro el débil ruido de su respiración en el auricular del teléfono.

   Y luego el hombre pregunta:

-¿Pero qué haces sola en la noche cuando te aburres? ¿y tus hermanos, no se ocupan de ti?
- No, nadie se ocupa de mi, yo hago lo que quiero. - hago lo que quiero, dice Justine casi irritada, rompiendo el tono de su pequeña voz - Cuando mis hermanos van a dormir, voy a la habitación de mi madre, abro sus cajones y sus armarios y busco dentro. También me maquillo el rostro como ella y me visto como ella, con sus vestimentas de señora, me pongo un brasier, sabes que ahora ya me están creciendo los pechos  y después fumo cigarrillos, me gusta mucho porque, en el filtro, se quedan las  huellas de mis labios rojos, me gusta eso. Luego me acuesto en la gran cama con Lulú, es mi gato gordo, es de color gris pero no lo quiero porque duerme  todo el tiempo...

   El hombre se imaginaba entonces a esta niña en la cama, maquillada torpemente con un brasier muy grande para ella y...
   Y Justine se pone a susurrar, a hablar bajo en el teléfono...
   Y luego... ella cuelga.
   Y derrepente... - ¡¿Qué...aló, aló?! -

   Al día siguiente, a la hora dicha, el teléfono suena y él descuelga y la linda vocesita pregunta:

- Me escuchas?
El hombre responde:
-  Si te escucho, Justine.
   Esta noche la niña parecia fastidiada , tal vez un poco triste también.
- Bueno, ya no quiero ir más al colegio, no quiero ir más; no tengo ganas, no me gusta nadie ahí, todos son unos cojudos e idiotas, ya no tengo más ganas, se acabó, ya no iré más.
- ¿Pero por qué, ha pasado algo malo hoy dia? - pregunta el hombre.
- No, no ha pasado nada, nada en absoluto, como de costumbre, no pasa nunca nada y me aburro, eso es todo. Allí espero todo el día, y no sucede nada. Espero que el colegio comienze para que se acabe más rápido, pero los días son demasiado largos y nunca acaban. Espero que me llamen al pizarrón pero nunca me llaman. Espero que los muchachos me besen durante el recreo pero no lo hacen o tal vez no saben. Yo espero que me cuenten cosas imposibles pero me enseñan cosas estúpidas.
   Eso es todo, espero allí para nada, todo el día porque no sucede nada y no me gusta que no pase nada, no me gusta ésto, tengo la impresión de que no existo. Ya no iré más.
Pero, tú no puedes dejar de ir al colegio, Justine, necesitas aún aprender, tú eres como todas las niñas y los niños de tu edad, eres aún muy pequeña - dice el hombre, inquieto - ¿y qué vas a hacer entonces si ya no vas?
Iré a quemar todas mis muñecas en un campo grande de trigo, éso es lo que voy a hacer - dice ella casi amenazante - Oh ¡mejor no, las haré asar en el horno de la cocina, sí! éso es, las amarraré a las cuatro encima del quemador, después de haberlas desnudado, y luego prenderé el horno, lo pondré a 250º y las veré a través del vidrio, miraré como sufren, ¡oh sí! éso me va gustar,  también ahi pondré a Lulú, al mismo tiémpo, a él también lo amarraré al horno y se quemará también. Eso es lo que haré, será más divertido que el colegio, eso es seguro, bueno, ¡chau!

   Y ella cuelga.

   La niña dijo de nuevo todo tan natural, pero con una voz más excitada y el hombre la había escuchado, como siempre. Al día siguiente, como el día anterior, a la hora dicha, él se acerca al teléfono y espera que timbre.


Sabes, la única persona que quiero después de mi papá, es mi abuelo, pero él está enfermo también, él está siempre sentado en un sillón, todo el día, está frente a la ventana y observa los pinos del jardín. Pareciera que tratara de hacer algo, se diría que trata de soñar... Tal vez piensa en alguien, pero nadie lo sabe ,porque ya no habla, pero yo se su secreto, yo soy la única que sabe en quién piensa, eso se ve en sus ojos, mi abuela está muerta, entonces... entonces a veces, voy a verle y me siento en sus rodillas y le hago cariño, le digo que lo quiero mucho, es más yo me pongo a propósito un vestido ese día porque yo sé que a él le gusta eso, yo separo un poco las piernas y él me toca debajo, después se duerme. Eso le gusta a mi abuelo, estoy segura, soy feliz esos días y lloro...
   Porque sabes, me siento inútil, ya no tengo  papá, mi mamá está ausente todo el tiempo y a mis hermanos no les importo, entonces me siento inútil, para la vida...

   Y como el día anterior,hubo un silencio, como los demás días hubo un ruido ligero, el aliento dulce de dos respiraciones.


- ¿Me escuchas siempre señor? - pregunta una vocesita al borde de las lágrimas.
- Si te escucho, Justine... - pareciera que él también estaba al borde de las lágrimas.
- Sabes, ¡eh! Mis padres se han separado.

   Y como ayer, ella cuelga, súbitamente.

   Cuando el teléfono timbra al día siguiente, el hombre estaba sentado en el pasadizo, como los otros días. Él había apagado la luz en el apartamento, estaba prácticamente en la oscuridad, que convenía a esta conversación. El tenía unos cuarenta años, tal vez un poco menos, no tenía anillo en el dedo. Estaba vestido simplemente  con un calzoncillo blanco muy grande para él. Él trataría sin duda, como los otras días, de imaginar el rostro, cuerpo, estilo que podría relacionarse con esta voz de niña, esta voz de noche, la voz de Justine.

- Después que mi  papá se fue al hospital, mi mamá va con otros papás... ella hace el amor con ellos, eso pasa siempre los domingos, yo les he visto. Están desnudos en la cama no paran de tocarse y de acariciarse, mi mamá grita con frecuencia, a mi me parece gracioso mirarlos, me escondo detrás de la puerta y veo todo, ellos no me ven, además no les interesa que yo esté ahí o no, ellos creen que duermo en mi habitación.

   La voz casi quebrada, el hombre en la oscuridad pregunta:


- ¿Y tus hermanos, qué piensan de todo ésto?
- ¿Mis dos hermanos mayores? No les importa tampoco, ellos hacen la guerra con las hormigas - responde la niña - Ellos bombardean con fuego a todas las hormigas que hay en el jardín y se queman vivas frente a nuestros ojos, les debe doler mucho porque se retuercen, a mi me gusta mirar éso.
   Mis dos hermanos hacen éso, con botellas vacías de leche, de plástico. Lo ponen al final de un bastón de madera y le prenden fuego. Después hay millares de gotas de fuego que caen sobre las hormigas. Mis dos hermanos dicen que es como en Vietnam, los bombardeos en Napalm, es la guerra contra las hormigas. Cuando ellas reciben la lluvia de fuego, corren por todos los lados, tratan de escapar, pero es imposible; mis hermanos son los más fuertes. Pero es una pena que no se les pueda oír gritar a las hormigas, porque les debe doler mucho. ¿Tu sabes si gritan las hormigas? A mí me gustaría escucharles gritar.
- Sí, sí gritan las hormigas, Justine, pero son tan pequeñas que no puedes escucharles, ¡es una pena!
- Oh sí es una pena.

Luego susurrandole ella le dice de nuevo:


-  Tengo ganas de acostarme contigo, tengo ganas de hacer el amor contigo también, como mamá y los otros, tengo ganas de estar desnudos los dos, que me acaricies y me toques que tengas placer como mamá, sí, tengo ganas de éso, tengo ganas de darte placer. Te amo y de todos modos, cuando me disfrazo como mamá, me masturbo pensando en tí.
- ¿ Tu te haces qué cosa?

Como los otros días, a la hora dicha, ella cuelga.

   El hombre se encuentra de nuevo solo con el teléfono en la mano, en ese momento se puso a llorar fuerte y a gritar también, solo en su apartamento oscuro, las lágrimas caían sobre su boca y sus labios se empaparon de saliva y más lágrimas. Los sollozos duraron largo tiempo, a veces se le escuchaba murmurar "Yo también te amo, yo también..."

   Al día siguiente a la hora dicha, el teléfono permanece mudo, el hombre está frente al teléfono, no se movía, se quedaba inmóvil. Esa noche el teléfono no sonó, ni esa noche ni las dos siguientes tampoco, el hombre se vuelve más y más inquieto, más y más triste también.
   Justine le hacia falta.

   La cuarta noche, a la hora dicha, el teléfono suena. Él descuelga muy rápido y pregunta:

- ¿Eres tu Justine? ¿eres tu?

   Nadie responde, pero él sabia que era ella, él lo sabía, la escuchaba respirar, cerca, cerca de él, en su oído.

Y él quizo decirle:


- Tengo ganas de darte besos de mariposas al rededor de tus orejas, como un gatito.
- Entonces es eso, ¿Tu quieres hacer el amor conmigo? - dice ella.
- ¡Eh no! ¡No! - dice él - ¡no! Justine no es eso, es solo...

   Pero ella cuelga violentamente o simplemente él no lo sabrá nunca. Y se dió cuenta que no debió haber dicho eso, así. No era lo que Justine esperaba de él.
   Él se dijo que todo ésto no era tal vez más que un sueño, pero no estaba seguro, no era su vida, no era la vida de hoy día, ni aquella de ayer, será seguramente aquella de mañana, aquella donde todo irá bien, en donde todo sería como antes...

   Cerca del hombre sentado, en el pasadizo, en la oscuridad, había una mesa de noche pequeña donde reposaba delicadamente una especie de torniquete de caucho beige, un encendedor con los extremos de algodón; había también una cuchara sucia en un vaso de agua, evidentemente también una jeringa.








Nicola Sirkis



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