martes, 7 de septiembre de 2010

Le Train

   Hace tiempo, una noche, tomé el tren nocturno. Era invierno, cuando justamente las noches son más largas.

   A esa hora no había prácticamente nadie en la estación, ni en la esquina, casi nadie en el interior del tren; tres o cuatro pasajeros, nadie más, ellos estaban dispersos en el único vagón unido a la locomotora eléctrica. Yo estaba solo en mi compartimiento de tren, el cual felizmente estaba caliente. Las noches de invierno son muy frías.

   Me dormí rápidamente a pesar de la posición incómoda, mecido por el movimiento del tren y el ruido de los rieles, éstos sonaban como los latidos de un corazón, salvo que este corazón latía en tres tiempos, takatak, takatak, takatak... es lo único que se oía, eso era lo único que había para dormirse, a pesar de la incomodidad.

   Ese día, extrañamente, había olvidado mi reloj. Imposible recordar la hora de partida, ni aún cómo logré tomar el tren a tiempo en la estación. Durante la noche, en un momento no sé porqué, me desperté sobresaltado, asustado. Tenía las piernas completamente adormecidas. El tren continuaba su ruta normal.

   Al exteriro del tren de veía oscuro, esta noche era la más oscura del nvierno. Todavía no tenía ninguna noción del tiempo, ¿cuánto tiempo habré dormido? ¿en cuánto tiempo llegaré al final de mi viaje?, decidí entonces salir de mi compartimiento pra estirarme un poco, fumar un cigarrillo y encontrar a alguién que me dijera la hora. El corredor estaba vacío, en todo caso no estaba muy iluminado. Todos los compartimientos del vagón estaban cerrados, ¿dénde se encontraban los demás pasajeros?, tenía la extraña sensación de ser el único pasajero del tren.

   Caminé hasta la locomotora y luego hasta el otro lado del tren, luego regresé y me instalé frete a una ventana y prendí un fósforo para fumar mi cigarrillo. La noche era tan oscura que no se podía ver nada al exterior, ni paisajes, ni siquiera un lugar, ninguna señal de vida de una casa o un pueblo a lo lejos, no se veía nada. Sólo veía mi propio reflejo en el vidrio de la ventana y la humedad eu la recubría, la condensación al interiror del tren y el frío glacial afuera.

   Para pasar un poco el tiempo me divertía haciendo dibujos de círculos con mis dedos. Sin duda tendría que cruzarme con otro pasajero, por lo menos al controlador.

   Pero lástima, nadie... Comenzaba a encontrar el tiempo largo y me aburría, solo en mi corredor frente a la ventana. Sin ningún individuo al horizonte, entonces decidí ir en búsqueda de mis escasos compañeros de viaje - aquellos que yo había visto subir al tren antes de la partida en la estación - deben estar dispersos sin duda en los otros vagones del tren. Comenzé a abrir lentamente el compartimiento vecino al mío, pero estaba vacío, abrí entonces el siguiente, y allí felizmente estaba ocupado, había alguien: era un sacerdote, tenía los cabellos blancos y lentes, él leía tranquilamente la biblia, sentado cerca de la ventana que había cerrado con las cortinas rojas. A su lado había puesto su mano sobre una maletita de cuero oscuro, se había puesto un abrigo de invierno oscuro pero se veía la franja blanca del cuello de su sotana. Me dirijó hacia él disculpándome de molestarlo durante su lectura y le pregunté educadamente si podía decirme la hora... pero ninguna respuesta.

   En el momento cuando le iba a volver a preguntar la hora, él deja su libro y me dirije una rara mirada.

- Hijo mío - me dice - no me gusta que se moleste durante mis lecturas, y de todos modos usted tiene toda la vida para saber la hora, y cuando usted llegue a la destinación usted lo sabrá suficientemente temprano, en tiempo y en hora: ¿soy claro?...

   Había de qué estar desconcertado por la reacción de este sacerdote. Un miembreo de una congrecación monástica, sin duda, o bien un carmelito que vive recluido lejos del mundo civilizado, ignorando el tiempo y hora. Sin embargo, cerrando la puerta, algo me parecía confuso.  Entré entonces al compartimiento siguiente. A pesar de la oscuridad vi a una pareja tiernamente abrazados. Una chica rubia y un muchacho dormido, estaban acostados sobre una banqueta. ¿Estarían ellos en viaje de luna de miel? o tal vez una fuga amorosa, pues ellos no tenían ninguna maleta. Estaban abrigados sólo con sus abrigos, para no tener frío. En todo caso no quería despertarlos.

   Me encontraba en la penumbra del corredor, tenía muchas ganas de saber a qué hora llegaba a mi destino e irme a dormir tranquilamente sin pasarme de mi destinación.

   Ya había visto tres pasajeros, y si no me aquivocaba, no me quedaba más que uno para encontrar e informarme. Sin contar al controlador, quien no se había manifestado todavía, ni el conductor de la locomotora, que estaba en un lugar inaccesible para mi.

- ¡Ah! aí está usted! - me dice - No lo encontré en su compartimiento, ¿es usted el señor Daumal, no?

   Respondí afirmativamente, contento de poder preguntar un poco más de información sobre mi viaje.

- ¡Ah perfecto! perfecto, muy bien, la cuenta es buena ahora - dice él - ¿Tiene usted su título de transporte?

- Estoy muy contento de verlo - le respondo yo. Dándole mi boleto, le rogué que me diera la hora y le pregunté en cuánto tiempo llegaríamos a Brive -.

   El pequeño controlador se fue riéndose vivamente, agarró mi boleto y lo rompió, luego se fue.

   Él aumentó mi sorpresa, y me dirigí hacia él por el corredor, gritando como loco al ver escapar mi única fuente de información.

- ¿No, espere! ¡espere!, deme la hora, se lo ruego, dígame lo que pasa, todo esto es raro...

- ¡Pero no grite así! - me dice, dejando de caminar - No hay nada que saber joven hombre, nada que le interese, no hay más hora, no hay más tiempo, este tren partió para nunca más detenerse y va a continuar toda la noche, esta noche que no acabará jamás. Es ahora una eternidad a la que usted ha subido a bordo para el gran viaje de su vida.

   Y se carcajeaba mucho, luego desapareció sin que yo supiera cómo.

   No, pero está completamente chiflado este controlador, pensaba yo, y me encontré solo y sin suerte, a esperar mi hora en la penumbre del corredor, a juntar los pedazos de mi boleto en el tren, de noche. Esta vez no había duda, pasaba algo anormal; a menos que el sacerdote y el empleado de los caminos de tren sean cómplices, lo que podría ser posible por aquí.

   Desorientado, entré a un compartimiento al azar, me senté sobre una banqueta y cerré los ojos un momento. No me había dado cuenta que el compartimiento estaba ocupado. Entonces una voz se levanta, era una anciana sentada cerda de la ventaa, me miraba, ella tendría al menos 80 años, su cara y sus manos estaban bien arrugadas.

- ¿Usted ha visto también al controlador? - me pregunta ella -

- Si, lo vi - respondo yo, cansado - ¿A dónde va usted señora?

- ¿Yo? Pero yo no voy a ningún lado, como usted ¿el controlador no le ha dicho?

- Si, si - respondo yo, más y más cansado - ¿Y usted puede decirme la hora?

- ¡Oh! lo lamento señor, mi reloj se detuvo ayer y olvidé arreglarlo. Vea usted, me parece que usted se parece a mi hijo ¿no es raro?. Oh, estoy tan nerviosa, porque este viaje que cuento, cualquier cosa. Tengo la impresión de tener 30 años menos, ¿y usted?

 - Adios señora - le respondo educadamente -

   Y dejé el compartimiento.

   En el corredor , encontré a la joven pareja besándose fuertemente, cuando el muchacho se dió cuenta de mi presencia.

- ¿Usted viaja solo?

- Si, pero eso no me molesta - le respondo - voy justamente a encontrar a mi esposa en Brive por las vacaciones de invierno, por otra parte  usted podría darme la hora, eso me arreglaría pues me gustaría saber en cuánto tiempo vamos a llegar, encuentro este viaje muy largo.

- ¡Ah! usted no está informado, como nosotros... la verdad es que luego del choque, lo que nos hizo sentir mejor es que nosotros nos quedaremos juntos, no nos separaremos nunca... para usted es diferente, por supuesto.

   La chica me miraba con una cara llena de compasión.

   En ese momento no pude más, me lanzé sobre la primera señal de alarme a mi puerta. La jalé tan fuerte que la arranqué, me puse a llorar a fondo como un niño. El controlador rápidamete prevenido se dirijió a la joven pareja que trataba de consolarme. Hay que llamar al cura, decía él, sólo él puede ayudar a este señor, yo no puedo hacer más que eso, tengo que terminar mi reporte antes de aprovechar el viaje; por una vez en mi vida no perderé esta ocación.

   Y luego el sacerdote viene a mi encuentro.

- Hijo mío, voy a anunciarle una buena noticia, una muy buena noticia, al fin una buena notocia para mi, para nosotros y tal vez una mala noticia para usted.

- Yo... yo no comprendo, padre.

- Este tren no va, efectivamente, a ningún lado y el día no se levantará tampoco, pero el tren continuará avanzando, usted está sobre la ruta hijo mio, sobre la ruta. ¿Usted no se ha dado cuenta?

- Bueno, ¿de qué?

- Que el tren se había descarrilado.

- ¿Pero cuándo?

- Mientras usted dormía sin duda.

- ¿Y encontoces?

- Bueno, USTED ESTÁ MUERTO, todos nosotros estamos muertos aquí.

   ... yo lo miré con ojos redondos, un poco huraño. Era el colmo, me puse a reír como loco y al mismo tiempo lloraba, salí de nuevo al corredor. Acabaré bien por encontrar alguien normal en este puto tren, para informarme...






Nicola Sirkis
Publicar un comentario